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lunes, 6 de junio de 2016

Nada a nadie.


No sé cuántos poetas serían capaces de interpretar la integridad logística de una emoción:

Las calles están cubiertas de cenizas.
Las luciérnagas envidian a las estrellas.
La ventana de tu habitación no es sólo una vía de escape.
Hay una bola de plomo en mi estómago
que no me deja comer
ni respirar
ni dormir.
No podría vomitar una disculpa aunque quisiera.
Y no quiero.

Tiene unos pulmones de esparto, que se cascan, se deshacen como la ceniza entre los dedos. En su pecho ya no se oye el latir de nada
ni el retumbar de nada
ni el revolotear de nada.

Sus costillas hacen de escalera hasta sus clavículas profundas: asideros malditos, mástiles curvados en pos de un Ulises que jamás huirá de las sirenas. 

Hay un eco apesadumbrado: el asombroso levitar de un poema haiku que nunca sale pero que está ahí, ocupando espacio entre sus intestinos. Relamiéndose entre las paredes de su estómago, besando la incesante noche de su cuerpo.

Soy culpable de no entender
de no fingir cuando había que fingir
-y de fingir cuando no había que hacerlo-
tengo arcadas de conciencia
aunque no podría vomitar una disculpa aunque quisiera.
Y, a veces, quiero.