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lunes, 23 de noviembre de 2015

Tus huellas lucen bonito cuando no estás.



Te fuiste antes de que nadie pudiera llegar a entenderte,
entraste sin ninguna deferencia hacia mi orden
y te dejaste todas tus incongruencias en mis bolsillos.

Que corrías en la dirección opuesta
que barrías todas las migas de pan que fui dejando en el camino,
así
deliberadamente,
como gritándole al dios con el que creciste
que podías ser algo más que lo que dicen los libros.

Te fuiste antes de decirme cual era el camino de vuelta
y quemé todos los cuadernos que escribía
con la excusa de hacerte señales de humo.

Me hundí en un lodazal de confidencias
esperando a que me sacaras del barro
porque no me diste tiempo a entender que no venias para quedarte.

Que te creías garabato,
porque cada vez que preguntabas
nadie se había fijado en lo húmedo de tu nombre.
En todas esas baldosas que lucen ahora tu huellas,
orgullosamente maltrechas,
descalzas.

Te fuiste y todavía nadie sabe si fue porque te dieron demasiada cuerda
o te aburriste de conquistar trincheras.
Si es que alguien traspasó tus secretos con un hierro candente sin saber que quemaba en la punta
y eras demasiado orgullosa para lucir cicatriz.

Pero el caso es que te fuiste
y ahora
no hay novela para esta distopía,
no hay fracaso que arregle este desastre.