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jueves, 20 de noviembre de 2014

Lo hago por tu bien.

Todos los días bajo un manto de frustración, ahogándome en miedos ridículos, en tonterías e inseguridades.
"Lo estás haciendo mal", me dices, y yo rompo otra de esas gomas flexibles que sujetan mis dos mitades. El problema, no es que lo esté haciendo mal, es que ya quedan pocas gomas y estoy cansado de romperme poco a poco. Que si vas a hacer que me rompa, déjame hacerlo del tirón. agarrarme de los bordes de todo esto y tensarme hasta que se suelten todas esas mierdas que llevo dentro.
Es por tu bien, repites, intentas hacer que me lo crea, que me deje encerrar, pero soy de esas personas que no deben estar en sitios donde no puedan estirar los brazos. Mis brazos, que son los que más han dolido. Ahora son testigos de 18 años inmaduros y suplicantes, de las noches vacías, los apegos, los despectivos y los blogs estúpidos. Son testigos de mi yo más rabioso, del tembleque y el escozor de después. Que tengo un corazón infuncional, estropeado por toda esa ponzoña que me trago cada vez que tengo que guardar las formas y no arrancarme de una el nudo de la garganta.
Pero no pasa nada, de verdad. Piensas que te apoyo, crees que pienso que morderse el interior de la mejilla para no gritar, o asomarse a una ventana es de gente que no está bien de la cabeza. Piensas que creo que es por mi bien. Pero todo esto me lleva a pintarme un agujero en las entrañas, a sufrir los silencios y a tragarme el significado de intimidad. A buscar donde apoyarme y caerme por idiota.

No puedo dejar de pensar que escribir esto no sirve para nada. Que seguiremos igual, que es por mi bien.