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domingo, 25 de mayo de 2014

Perfecta imperfección.


Relatos cortos denigrantes y abusivos: mi estabilidad emocional se tambalea.

Ella era una chica de más, de esas que se echan de menos después de una noche sin luces que ver apagar.
Era, quién dice, de la típica chica cualquiera de la que a todo el mundo le gustaría poder hablar
que sale en los libros de infancia, en los cuentos de madrugada y en las truncadas historias de amor.

Él solía jugar a encontrarse con chicas tan típicas como ella y enamorarse de su forma de mirar y su sonrisa imperfecta.
Él adornaba sus historias con afiladas palabras y dejaba que los suspiros de ella las clavaran en su falsa integridad de inhumana autoagresión.

Y pasaban las tardes juntos en el banco del parque. Ella esperaba a la vida y él se limitaba a mirar, cigarro tras cigarro.
A veces, ella se le quedaba mirando y escribía poemas en su libreta azul. A veces, él, se dejaba mirar y se escribía suicidios en el pecho. Así, cigarro tras cigarro. 
Ella escribía sobre su pelo castaño, la infinitud de sus ojos y su forma de ser. Él moría cada tarde y resucitaba cada mañana para ir al parque a dejarse escribir. 
Otras veces ella cantaba y él se limitaba a escuchar. No era un voz muy bonita pero era su voz y con es bastaba. 

Podrían haber disfrutado de su perfecta imperfección
                                 pero solo contaban las miradas.