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jueves, 10 de abril de 2014

Caos.

Me escondo.
Me escondo porque si salgo, me pierdo.

Me pierdo.
Me pierdo en un laberinto de personas, de palabras que cortan y siegan todo atisbo de integración. Lo envenenan con pesticidas que me carcomen por dentro y hacen de mi tan solo un envoltorio. Una mísera cáscara sin nada que ofrecer más que un perpetuo vacío con faltas de ortografía. Sin bálsamo para las heridas.

Heridas.
Heridas que cubren de pecho para abajo dejando al descubierto entrañas corrompidas por la envidia. Bajo el brazo marcas de la ausencia y la presencia de cierta compañía. Atiende a las pullas que cada una tiene su rastro, su significado, su linea de rojo viril que marca la diferencia en lo que estaría bien y lo que desafortunadamente (o no) está mal.

Mal.
Mal es el fumar. El rajar. El sol de primavera. Mal es escribir en verde, en azul, en rojo o en negro. Mal es escribir, sin más. Mal es mal. Mal es malvado, maléfico, malechor, malversado... Mal es coserse los ojos y no dejar de vomitar la ablución. Sacarse las coníferas de la nariz cuando algún estúpido comentario de aliento me da alergia, cuando atronas mi cabeza sin nicotina de mentiras demasiado ciertas para presentarte a mis padres. Mal es fingir y las mangas largas. No soy valiente.

No soy valiente.
No soy valiente si la vida funciona a base de retos. Complejo de taxidermista sin pies ni cabeza, (o cabeza sin pies) os eructo en esta posición para siempre porque me dan miedo los cambios y necesito rutina para poder volverme loco. Que expresarse es de poetas y yo solo soy juntaletras.

Juntaletras.
Juntaletrassinmótivoparaseguirescuchando. Metapolosoidos.









Caótico.

Átame
los
pulgares
que
no
tengo
manera
de
seguir
escribiendo.