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martes, 12 de marzo de 2013

Desvaríos de un suicida II


“Se estaba mirando al espejo, su rostro, feo, mostraba una mueca indescifrable. Los ojos, semicerrados e hinchados por las lágrimas, repasaban con desaprobación los rasgos de su rostro. Alzó la mano y su reflejo lo imito mostrándole un cuchillo. Un cuchillo grande y afilado. Brillante. Se miró el antebrazo e intento pensar en todo lo malo, en lo que no le gustaba… Su pulso empezó a temblar y las lágrimas iniciaron su recorrido por las mejillas cuando el frio hierro acarició su piel. Con una primera oleada de rabia apretó el filo contra el brazo. No sirvió, la piel no cedió. Gritó, apretó y un riachuelo de sangre corrió veloz por el brazo hasta legar a los dedos y caer, gota a gota en las blancas baldosas. Un dolor estimulante le subió por todo el brazo, cerró los ojos y tembló ligeramente. Dolía pero no dejó de apretar,  intento cortar y consiguió que manase más y más sangre de la herida.  Se sentó en el charco de sangre y apoyó la espalda en la pared, tenía el brazo entumecido y ya no le dolía pero la sangre seguía corriendo. Pensó en la muerte, y en la vida. Se dijo que pensaba mejor, ahora que iba a morir, y que era irónico. Eso también lo pensó. Cuando vio que iba a desvanecerse, vislumbró su rostro. Su sonrisa, sus ojos. Perdió el sentido. Por la mañana estaba muerto.”

N.R